lunes, 21 de septiembre de 2009

La simbologia


La peregrinación es un viaje a un centro místico, como imagen del centro absoluto (medio invariable, motor inmóvil). La peregrinación céltica, de características especiales, era un errar sin finalidad -según narra Oliver Loyer en Les Chrétientés celtiques- que no deja de mostrar interesante analogía con el avance a ciegas, en busca de la <> del caballero andante (chevalier errant). El mar reemplazó al desierto de Egipto y los monjes irlandeses se lanzaron por las costas y fueron a Escocia y al continente en sus peregrinaciones. Estos viajes marinos se llamaban immrama. Su paradigma es la Navigatio Brandani. En cierto modo reiteran la <> de la inmortalidad por Gilgamés, anterior en tres mil años.


El peregrino, la idea del hombre como peregrino y de la vida como peregrinación es común a muchos pueblos y tradiciones, concordando ya con el gran mito del origen celeste del hombre, su <> y su aspiración a retornar a la patria celestial, todo lo cual da al ser humano un carácter de extranjería en la morada terrestre a la vez que una transitoriedad a todos sus pasos por la misma. El hombre parte y regresa (exitus, reditus) a su lugar de origen.
Precisamente porque la existencia es una peregrinación, ésta tiene valor como acto religioso. En el simbolismo del peregrino, entran también todos los atributos de éste: la concha, el cayado o báculo, el pozo con el agua de salvación que encuentra a su paso, el camino, el manto, etc. Tiene este símbolo relación con el del laberinto. Peregrinar es comprender el laberinto como tal y tender a superarlo para llegar al <>.

Símbolo religioso que corresponde a la situación terrenal del hombre que cumple su tiempo de pruebas, para acceder al morir a la tierra prometida o al paraíso perdido. Este término designa al hombre que se siente extraño en el medio en el que vive, donde no está sino de paso, en busca de la ciudad ideal.
El símbolo no solamente expresa el carácter transitorio de toda situación, sino el desapego interior, con respecto al presente, y la vinculación con fines lejanos de naturaleza superior

Las conchas

Uno de los ocho emblemas de la buena suerte del budismo chino, utilizado en las alegorías de la realeza y como signo de viaje próspero.
*BEAUMONT, A.: Simbolismo en el arte decorativo chino. Nueva York, 1949
Este sentido favorable procede de hallarse la concha asociada a las aguas, como fuente de fertilidad. Las conchas según Eliade, tienen relación con la luna y con la mujer. El simbolismo de la perla está intimamente emparentado con el de la concha.
El mito del nacimiento de Afrodita de una concha tiene una evidente conexión.
* — Images et Symboles, París, 1952. (Traducción castellana en Taurus, Madrid, 1989).
Para Sheneider, la concha es un símbolo místico de la prosperidad de una generación a base de la muerte de la generación precedente.
* SCHENIDER, Marius: El origen musical de los animales-símbolos en la mitología y la escultura antiguas. Barcelona, 1946.
Con toda probabilidad, su sentido favorable relacionado con el agua es, como en el caso del pozo y de la botella, por una consecuencia obvia de la necesidad que el caminante y el peregrino sienten del agua, lo que explica su significado en las alegorías medievales.
‘Diccionario de Símbolos’
Juan ~ Eduardo Cirlot.

… El otro símbolo exclusivo del culto jacobeo es la concha. Y, de igual forma, que hubo azabacheros para las higas, habrá concheros para fabricar y vender manoseadas, tenaces e indispensables vieiras de peregrino. Las dos corporaciones, de estatutos y personalidad muy parecidos, terminarán fundiéndose a mediados del siglo XIV. Sorprende esta decisión en organismos que hasta entonces se habían mostrado hiperestésicamente celosos de la propia independencia. ¿Agrupaban, quizás, a gentes de la misma cuerda?

No parece imposible. Si la higa era mágica y sexual, sexual y mágica era la concha. Ambos objetos responden a filiación pagana. En latín, venerea viene de Venus, diosa de la fecundidad y patrona de los cabos, de los promontorios marinos, de los navegantes… Es la Cariño de los gallegos viejos, el numen femenino de Bares, del Ortegal, del Finisterre, de Muxía, de la última playa pisada por los mortales, del primer litoral encontrado por los sabios que escaparon al diluvio. Gran sacerdotisa del océano, manceba de Hércules, refugio de náufragos con chica en el caletre.
Y esa concha Veneriae dará en gallego vieira, que a muchos les parecerá propio de las vías, de caminos, del Camino, y que en castellano dejará un derivado popular -vera, fonéticamente orientado nada menos que hacia la verdad- y una voz culta: venera, que parece indicativo o imperativo de venerar. No me gusta hacer malabarismos con las palabras, pero ésta se las trae. Dueña de un significado muy concreto, apunta contemporáneamente a encrucijadas semánticas que parecen hechas a medida del Apóstol. Verdad, Venus, vía, venerar: he aquí las retaguardias conceptuales atrincheradas en el símbolo.
La concha, por si fuera poco, simula una mano extendida y, en cuanto tal, fue amuleto corriente por todo el orbe pagano. Higa, puño cerrado, sexo de mujer. Vieira: dedos abiertos, emblema del amor carnal. ¿Cómo no hilar convergencias?
Hay otra. En la Vida Nueva, Dante llama palmeros a los visitantes de Jerusalén, romeros a los de Roma y peregrinos únicamente a los de Compostela. Lo que en esta clasificación sorprende es la casualidad de que palmas y conchas - dos figuras emparentadas- sirvan de insignia casi común a los primeros y a los últimos, mientras los fieles encaminados a la ciudad de Pedro van como desnudos. Quiero decir: despojados de símbolos y, por ello, de antigüedad, de prestigio, de subconsciente, de vituallas sincretistas, de benevolencia por parte de Quienes moran en las alturas. Son los advenedizos del sacro deambular, los que carecen de meta y -en definitiva- de intención.
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La palma del palmero y la concha del peregrino repiten, floreándolo, poniéndole encarnadura, un símbolo aún más antiguo y universal: la pata de oca. En seguida haremos por desentrañarlo…
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Otros han visto en la vieira una imagen de los senderos del mundo convergiendo líricamente en el aleph de Compostela. Vale. Y vale también suponerla alegoría del bautismo, esto es, de evangelización.
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Falta un lugar en el tierra y un concepto en el mapa de las religiones o la filosofía al que no pueda llevarnos este yerto detritus empujado a las arenas por el vaivén del mar. Los budistas del Gran Vehículo incluyen la concha entre los ocho emblemas de la buena suerte y la interpretan como signo premonitorio de próximo viaje (no andan, pues, los bonzos tan divorciados de los jacobípetas). Eliade la entiende en relación con la luna y, por supuesto, con la mujer. Lo mismo hace Botticelli en el más famoso de sus cuadros. Scheneider la considera símbolo místico del bienestar de una generación conseguido a costa de la precedente. Es, también, vaso para apagar la sed y a ello atribuye Cirlot su popularidad entre los caminantes…

La leyenda jacobea, tan hábil en buscarle a cada pieza una casilla, se apresuró a ubicar las vieiras en el seno de la santa madre iglesia e inventó una candorosa (y encantadora) fábula para justificar su terca presencia en el Camino:
La barca del Apóstol, arrastrada desde los bajíos del Ulla hasta el grado de Iria Flavia, habría aparecido con el estrave imbricado de pechinas. Otra versión casi paralela, humaniza el suceso al añadir que dos caballeros se adentraron cortésmente en el río para empujar la embarcación y salieron de él como arrebujados en un manto de conchuelas. Ben trovato, vive Dios.
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Así, de reliquia en reliquia, subiéndose al pescante de la imaginación ajena y sin parar mientes en fetichismos ni cristianerías, los avispados de turno vieron el negocio, lo organizaron, lo acapararon, se instituyeron en gremio o mester y una vez más arrebañaron para el César lo que del César no era. El trapicheo empezó con la manufactura de conchas artificiales vaciadas en plomo que por simple contacto sanaban -es un decir- a los enfermos. Tal fue el origen de la venera de ley, respaldada por un sello de las autoridades y con garantía de fabricación in situ. O sea: en Compostela

La cruz TAU

LA «TAU», SÍMBOLO FRANCISCANO

La Tau «T» es la última letra del alfabeto hebreo. Decimonona letra del alfabeto griego, que corresponde a la que en el nuestro se llama «te». Pero es también una señal o signo, todo un símbolo.
San Francisco profesaba una profunda devoción al signo Tau, del que habla expresamente el profeta Ezequiel (9,3-6) y al que se refiere implícitamente el Apocalipsis (7,2-4). Con ella firmaba cartas y marcaba paredes, y sanaba heridas y enfermedades. En el ánimo de Francisco pudieron influir el discurso con que Inocencio III abrió el Concilio IV de Letrán, la cruz en forma de tau que llevaban los monjes antonianos sobre el escapulario, la liturgia y el arte sagrado, etc. Para el Santo, la Tau, como la cruz cristiana, era signo de conversión y de penitencia, de elección y de protección por parte de Dios, de redención y de salvación en Cristo.
Desde hace algunos decenios, se ha revalorizado el uso de la Tau en la familia franciscana; se la ve frecuentemente en libros, revistas, cuadros, etc., y la llevan sobre sí, como signo distintivo, muchos hermanos y hermanas tanto de la Primera como de la Tercera Orden, sea ésta religiosa o seglar. Para profundizar en su significado recogemos algunos textos:
Tratado de los milagros, de Celano: «La señal de la Tau le era preferida sobre toda otra señal; con ella sellaba Francisco las cartas y marcaba las paredes de las pequeñas celdas» (3 Cel 3).
Leyenda Mayor, de S. Buenaventura: «El hermano Pacífico... mereció ver de nuevo en la frente de Francisco una gran Tau, que, adornada con variedad de colores, embellecía su rostro con admirable encanto. Se ha de notar que el Santo veneraba con gran afecto dicho signo: lo encomiaba frecuentemente en sus palabras y lo trazaba con su propia mano al pie de las breves cartas que escribía, como si todo su cuidado se cifrara en grabar el signo tau -según el dicho profético- sobre las frentes de los hombres que gimen y se duelen (Ez 9,4), convertidos de veras a Cristo Jesús» (LM 4,9).
Cf. 2 Cel 106; 3 Cel 3 y 159; LM Pról 2; LM Milagros 10, 6 y 7; Lm 2,9; Ll 2.
Ezequiel 9,3-6: «Yahvéh llamó entonces al hombre vestido de lino que tenía la cartera de escribano a la cintura, y le dijo: "Recorre la ciudad, Jerusalén, y marca una tau en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en ella". Y a los otros oí que les dijo: "Recorred la ciudad detrás de él y herid. No tengáis piedad, no perdonéis; matad a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres hasta que no quede uno. Pero no toquéis a quien lleve la tau en la frente. Empezad por mi santuario"».
Apocalipsis 7,2-4: «Luego vi a otro ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro ángeles a quienes se había encomendado causar daño a la tierra y al mar: "No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios". Y oí el número de los marcados con el sello: 144.000 sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel» (Cf. Ap 9,4).
Inocencio III en el Concilio IV de Letrán el año 1215: Después de describir la triste situación de los Santos Lugares hollados por los Sarracenos, el Pontífice lamentó los escándalos que desacreditaban el rebaño de Cristo y lo amenazó con los divinos castigos si no se enmendaba. Evocó la famosa visión de Ezequiel, cuando Yahvéh, agotada la paciencia, exclama con voz poderosa: «"Acercaos, vosotros que veláis sobre la ciudad; acercaos con el instrumento de exterminio en vuestras manos". Y he aquí que seis hombres llegaron con sendos azotes en sus manos. Entre ellos estaba un varón vestido de lino, con recado de escribir a la cintura. Y díjole Yahvéh: "Recorre Jerusalén, y señala con una TAU las frentes de los justos que se encuentren en ella". Y dijo a los otros cinco: "Recorred la ciudad tras él, y exterminad sin piedad a cuantos encontréis; mas no toquéis a ninguno que esté señalado con la TAU". "¿Quiénes son -continuó el Papa- los seis varones encargados de la venganza divina? Ésos sois vosotros, Padres conciliares, que, valiéndoos de todas las armas que tenéis a mano: excomuniones, destituciones, suspensiones y entredichos, habéis de castigar implacablemente a cuantos no estén señalados con la TAU propiciatoria y se obstinen en deshonrar la Cristiandad».- «En su discurso de Letrán, Inocencio III había señalado con el signo Tau a tres clases de predestinados: los que se alistaren en la cruzada; aquéllos que, impedidos de cruzarse, lucharen contra la herejía; finalmente, los pecadores que de veras se empeñaren en reformar su vida» (O. Englebert, Vida de S. Francisco de Asís. Santiago de Chile 1973, pp. 226 y 238).