lunes, 25 de mayo de 2009

XACOBEO 2010

Hace unos días, Alberto Núñez Feijoo y el conselleiro de Cultura revelaron su deseo de que el Xacobeo 2010 potencie su vertiente espiritual, esa que durante siglos ha llevado a peregrinos de toda Europa hasta una esquina del Atlántico. Hoy, a apenas unos meses de que se vuelva a abrir la Puerta Santa, lo cierto es que ese espíritu de recogimiento pierde terreno en su pugna con la faceta turística del Camino de Santiago, que no ha dejado de crecer. Cada vez son más los bares y albergues dispuestos a hacer negocio gracias a los peregrinos. Un periodista de La Voz recorrió hace unos días la ruta a pie desde O Cebreiro. Este es el relato de su experiencia.
Las fechas elegidas para la peregrinación no son casualidad. Es en primavera cuando más extranjeros hacen el Camino. Estos se muestran contrariados estos días por el hecho de que buena parte de las iglesias y monumentos gallegos que aparecen en sus guías, y que esperan visitar en la ruta, estén cerrados. Resulta frustrante, especialmente después de patearse 700 kilómetros de camino interior desde Francia.
Al menos, el paisaje de robles y castaños centenarios de algunas etapas resulta espectacular y misterioso para quien ha transitado durante días por austeros páramos. La ruta entre Triacastela y Sarria, por San Xil, o la más minoritaria entre Samos y Sarria, siguiendo el curso de los ríos, así como también el tramo entre Leboreiro y Melide, por Furelos, sumergen a muchos en la tradición medieval del Camino Francés. Al alcance están hermosos cruceiros como los de Ligonde o Melide.
En plena Ulloa, en Eirexe, encontramos a uno de los muchos franceses que arriban en abril y mayo junto con alemanes e italianos (los españoles lo hacen en verano). Jean-Louis Cabaud, originario de Bearn (Pau), dice que el paisaje y las vacas son aquí muy parecidas, pero le asombran las casas fuertes ulloanas, de grandes piedras, chimeneas y troneras defensivas.
Precios de zonas turísticas
Jean-Louis, que comparte comida con la canadiense Chantal Raymond, confiesa que lleva años realizando el Camino por tramos. «Que te cobren 2,50 euros por un desayuno es correcto, pero 5,50 euros es demasiado», dice sobre algunos precios. En Portomarín, Antonio y Rosario Ontiveros, dos peregrinos de Sabadell, dicen haber encontrado «precios de zonas turísticas». El trato humano es lo mejor, pero a veces «te dan el talegazo, saben que pasas una sola vez y ni siquiera algunos hostales están a la altura en limpieza».
El Camino se ha llenado de bares, restaurantes y albergues públicos o privados. También aparecen fisioterapeutas y taxistas que hacen caja transportando mochilas demasiado pesadas, diez euros por bulto y día. Y en algunos tramos, como ocurre poco después de la dura subida al salir de Sarria hacia Portomarín, proliferan las máquinas de vending. En el kilómetro 108 del Camino se ha instalado incluso un «área de servicio» con máquinas expendedoras de refrigerios, comida e incluso tarjetas para teléfonos. Está en un antiguo galpón. «En diez años todo el Camino estará así», advierte un peregrino italiano. Cerca hay otras muchas ubicadas en esquinas de fincas y huertos. O carteles colgados de viejos carballos anunciando casas de turismo rural. Es esta la zona de gran aglomeración de peregrinos o turistas, pues está en el kilómetro a partir del cual (cien mínimo a pie hasta la capital de Santiago) se puede obtener la compostela. En Barbadelo (Sarria) y en Boente (Arzúa), los párrocos mantenían abiertas las puertas de dos iglesias dedicadas a Santiago, pero otras muchas, como la de Vilar de Donas (Palas de Rei) y la de San Juan de Portomarín, estaban cerradas. En el peor de los casos, capillas abiertas pero sin vigilancia como la de Morgade, están llenas de pintadas, piedras y mensajes mezclados en el altar con las imágenes religiosas.
El problema radica en una realidad de curas ancianos que van de un lado a otro cargados de llaves y atendiendo hasta siete parroquias cada uno. En muchos pueblos ni siquiera queda gente para abrir los templos y dicen que el convenio con la Xunta para contratar personal que informe y los enseñe se ha retrasado.
Así, miles de extranjeros llegados hasta de Sudáfrica, América Latina y Asia pasan de largo y apenas sabrán de la cercana Ribeira Sacra. La señalización no es muy allá. Hay zonas donde los carteles del Pelegrín siguen vigentes, pero son incompletos, y las voluntariosas flechas amarillas pintadas en muros, árboles y piedras son bastante chapuceras, aunque no suelen llevar a confusión.
Tras 14 días de Camino en bicicleta, las colombianas Calú y Sonia sellan credencial en una de las iglesias que sí encuentran abiertas, la de Boente, que atiende el párroco Andrés Guerreiro. «Llevamos un día muy difícil, de pedalear, pedalear y pedalear bajo la lluvia, pero notamos que quizás sea aquí donde menos se siente el espíritu del Camino. Hay mucha gente, cada uno camina muy a lo suyo. Los albergues son grandes y con mucho bullicio», señalan las peregrinas, que disfrutaban más del calor humano de albergues castellanos con hospitaleros voluntarios o las calladas monjas benedictinas de Sahagún.
«Allí conocías a las 30 personas que estaban, y no había problema en hacer sitio a alguien más, pero en O Cebreiro se llenó rápidamente el albergue y no había mucha opción para la gente cansada [el albergue cercano de Hospital está en obras por reforma]. Para algunos, pasar de pagar 3 euros a 40 por una habitación era demasiado. Al ser tan turístico, es el precio que se paga», indican, aunque su cara refleja ya la felicidad de aproximarse a Santiago.

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